Cuando la seguridad se impone a la dignidad humana
La movilidad humana, sea producto del deseo o como respuesta a un contexto particular, siempre estuvo presente en la historia de nuestra especie. Sin embargo, dìa tras dìa nos enfrentamos con titulares y discursos sociales que presentan la frontera como hoy se la utiliza: un dispositivo político de creación de la diferencia. La movilidad y la migración parecieran íntimamente ligadas a la vigilancia, el control, el terror y la persecución.
En su libro La monarquìa del miedo Martha Nussbaum señala que el miedo no es una simple emoción particular del individuo, sino que es un motor político capaz de organizar leyes, instituciones y respuestas públicas. Cuando el miedo está configurando el poder, la dignidad humana queda subordinada a la abstracta nociòn de “seguridad”. El miedo al “peligro” entonces no es inofensivo, ni particular del individuo, sino que es una forma de ejecución del poder que engendra comportamientos excluyentes y configura jerarquías sociales.
En Minneápolis vimos en estas semanas despliegues de una comunidad consciente del impacto en el tejido social de la monarquía del miedo. La violencia estatal, que nunca ocurre en abstracto, se manifestó en el asesinato de Renee Nicole Good, en manos de agentes de inmigración de Estados Unidos. Luego, se reiteró cuando el enfermero Alex Pretti fue tiroteado mientras documentaba una protesta con su celular.
El discurso oficial carátula estas muertes como uso legítimo de la fuerza, en contracorriente a los videos y testimonios que circulan públicamente. La postura estatal se reafirma en la percepción de una amenaza, las cuales representan racializadas, y filtran la narrativa de peligrosidad como manera de justificar la violencia contra ciudadanos.
Cuando el miedo institucional produce violencia indiscriminada, la vida pierde su centralidad y la justicia queda subordinada a la necesidad de castigar en lugar de proteger. Frente a este panorama, es imperativo recordar que la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoce el derecho inherente a la vida de todas las personas, incluyendo a los migrantes y a quienes defienden sus derechos. La aplicación estricta de los Principios Interamericanos de Derechos Humanos no es solo una obligación legal, sino una herramienta ética fundamental para contrarrestar la lógica del miedo y evitar que tragedias como las de Alex Pretti y Renee Nicole Good se repitan en nuestras sociedades. Solo recuperando la centralidad de los derechos humanos podremos destronar al miedo y restaurar la justicia.
Ningún humano es ilegal, ninguna “raza” es peligrosa.