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NO TENGO UN MANGO ¿Cómo es la economía de las mujeres en este contexto?

 

En un contexto de crisis económica, cuando el ajuste aprieta y el empleo se vuelve más inestable, la economía de las mujeres es siempre la primera en resentirse. No porque trabajen menos, sino porque trabajan desde hace décadas en un mercado laboral diseñado sobre una desigualdad previa: salarios más bajos, mayor informalidad y una distribución profundamente injusta de las tareas de cuidado. La reforma laboral que impulsa el Gobierno no crea esta desigualdad, pero sí la profundiza y la vuelve más difícil de revertir.

Uno de los conceptos que ayuda a entender este escenario es el del “piso pegajoso” (sticky floor), acuñado por Catherine Berheide en los años noventa. Describe los mecanismos que mantienen a las mujeres concentradas en los puestos más bajos del mercado laboral: trabajos precarios, temporales y peor pagos, de los que cuesta despegar. En esta reforma, ese piso se refuerza cuando se amplían y ordenan modalidades como el trabajo parcial. En los papeles parece una opción neutral, pero en la práctica el trabajo de media jornada es el formato al que recurren mayoritariamente las mujeres para poder cuidar. El resultado es conocido: aportes jubilatorios más bajos, menor protección social acumulada y menos acceso a formación y ascensos. Se institucionaliza así una vía “legal” para que muchas mujeres queden atrapadas en trayectorias laborales más cortas, con menos salario y menos derechos.

A esto se suma la flexibilización de la subcontratación y la reducción de la responsabilidad solidaria de las empresas principales. La tercerización no es neutra en términos de género: se concentra en sectores feminizados como limpieza, alimentación, call centers y cuidados institucionales. Cuando la empresa principal se desentiende, las trabajadoras quedan más expuestas a empleadores pequeños, inestables o directamente descartables. No es el origen del piso pegajoso, pero lo vuelve mucho más difícil de despegar.

El techo de cristal completa este circuito. Son los obstáculos invisibles que impiden a las mujeres acceder a los puestos de decisión. La reforma no redistribuye cuidados ni compensa sus efectos en el empleo, pero sí expande formatos que trasladan más riesgo al trabajador: parcialidad, vínculos no dependientes, fragmentación salarial. En la práctica, muchas mujeres que reducen su jornada por cuidados quedan en trayectorias laterales que rara vez conducen a cargos jerárquicos. El circuito se repite: cuidado, parcialidad, precariedad, menor carrera. El techo no se rompe, se refuerza.

Todo esto impacta de lleno en la brecha salarial. Las mujeres ya están sobrerrepresentadas en los trabajos informales y peor pagos, una situación que se profundiza después del primer hijo. Para poder cuidar, muchas resignan ingresos o frenan su crecimiento profesional. La reforma laboral afecta directamente la posibilidad de organizar el tiempo propio, algo clave para quienes cuidan o están planificando una familia. Medidas como la fragmentación de vacaciones o la ampliación del período de prueba vuelven aún más difícil descansar, proyectar y sostener una vida laboral continua.

Otro concepto clave es el de las “escaleras rotas”, definido por Naciones Unidas para describir a mujeres que, aun trabajando y teniendo educación secundaria o ingresos intermedios, no logran construir una carrera por falta de redes, estructuras y oportunidades de ascenso. Al debilitarse la presunción de relación laboral y expandirse esquemas de facturación o servicios, crecen trabajos donde no hay carrera interna, ni promociones, ni jerarquías a las que ascender. Esto afecta especialmente a trabajadoras de cuidados, educación no formal, cultura, administración y asistencia social. Son empleos que permiten sobrevivir, pero no avanzar. Trabajo sin camino.

La pérdida de salario pleno también juega su parte. Los beneficios no remunerativos reducen la base sobre la que se calculan indemnizaciones, aportes y negociaciones futuras. Menos salario hoy implica menos derechos mañana. En este contexto, no sorprende que la desocupación femenina sea mayor: según el INDEC, alcanza al 7,4% de las mujeres frente al 5,9% de los varones.

Incluso cuando las mujeres acceden a cargos de liderazgo, aparece el acantilado de cristal, un fenómeno identificado por Michelle Ryan y Alexander Haslam: las mujeres suelen ser convocadas a liderar en contextos de crisis o declive, en puestos más riesgosos y precarios. No es necesariamente una intención maliciosa, pero el efecto es el mismo: liderazgos frágiles, expuestos al fracaso y sin respaldo estructural.

En el fondo, el problema es siempre el mismo y la economía feminista lo viene señalando hace años: la distribución desigual del cuidado. La llegada del primer hijo genera cambios irreversibles en las trayectorias laborales de las mujeres, que rara vez se recuperan. En los varones, en cambio, esas trayectorias suelen mantenerse o incluso mejorar. Cuando una reforma flexibiliza, fragmenta y quita derechos en un mercado ya desigual, el golpe no es parejo. Cae con más fuerza sobre quienes ya estaban en desventaja. Y ahí, casi siempre, están las mujeres.

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