¡Corran que nos matan!
El dato aparece primero, frío, contundente, imposible de esquivar. El 70% de los y las adolescentes sufrió o conoce a alguien que fue víctima de discriminación o bullying. No es una excepción, no es un margen, es una mayoría.
Es la escena cotidiana de millones de pibas y pibes que van a la escuela, que usan redes, que habitan vínculos donde la violencia muchas veces se vuelve parte del paisaje.
En ese escenario, lo que pasó con Ian irrumpe como un golpe seco. Un nombre propio que deja de ser dato y se vuelve historia. Un chico de 13 años. Una escuela. Un lunes a la mañana. El impacto es inmediato, atraviesa todo. Pero cuando baja un poco el ruido, cuando se corre el shock inicial, aparece algo más incómodo, más profundo. Esto no empieza ese día. Esto viene de antes.
Hoy el bullying no se queda en el aula. Se mueve, circula, se transforma. Vive en cuentas falsas, en historias que duran segundos y dejan marcas más largas, en grupos donde se comparte, se comenta, se multiplica.
Un alumno de la misma escuela lo dijo sin vueltas, hay adolescentes que crean perfiles anónimos para atacar a otros. Y mientras eso pasa, 2 de cada 10 pibes y pibas atraviesan situaciones de acoso en redes, solo un tercio logra decirlo en su casa, otro tercio lo guarda. El resto, como puede.
En ese mismo ecosistema digital aparecen fenómenos más extremos que empiezan a filtrarse en edades cada vez más tempranas. Comunidades online donde el odio se organiza, se justifica y se celebra. El universo incel, por ejemplo, construye relatos donde la frustración se transforma en resentimiento, especialmente hacia las mujeres, y donde la violencia aparece como una forma de respuesta válida. Aunque parezcan lejanos, esos discursos circulan, se consumen y se adaptan en redes que también habitan adolescentes en Argentina. No son espacios aislados, son lugares donde la violencia encuentra lenguaje, pertenencia y validación.
En paralelo aparece otra escena silenciosa, cada vez más frecuente. Pibas y pibes que no encuentran espacios donde hablar empiezan a buscar respuestas en la inteligencia artificial, en chats, en herramientas que funcionan como una especie de psicólogo improvisado. Escriben lo que sienten, lo que les pasa, lo que no pueden decir en otro lado. Según la American Psychological Association (APA), cerca del 50 % de los jóvenes que experimentan malestar emocional acuden primero a internet antes que a un especialista. Este patrón, aunque comprensible por la facilidad de acceso, plantea riesgos significativos si la información obtenida no es precisa ni contextualizada. Hay algo ahí que dice mucho, la necesidad de ser escuchados sigue estando, lo que muchas veces falta es quién escuche.
La violencia no aparece de la nada. Se aprende. Se mira, se copia, se prueba. Si el entorno la festeja, crece. Si la tolera, se instala. Si la rechaza, pierde fuerza. Por eso el bullying nunca es solo entre dos. Siempre hay otros, mirando, participando, callando, habilitando. Siempre hay un contexto que lo hace posible. Y muchas veces ese contexto excede a la escuela. Está en la familia, en los consumos, en los discursos que convierten la agresión en espectáculo o en forma de pertenecer.
La escuela queda en el medio de todo eso. Como espacio de encuentro, pero también como lugar donde se ven las señales. Y entonces aparecen las preguntas, qué lugar ocupa la escuela, qué le estamos pidiendo, quién protege hoy a las infancias. Porque se le exige que detecte, que contenga, que intervenga, que cuide. Y es importante decirlo con claridad, la responsabilidad no recae en las y los docentes. Ellos y ellas están todos los días poniendo el cuerpo, sosteniendo, acompañando, muchas veces sin herramientas, sin equipos, sin políticas que respalden ese trabajo. La escuela puede ser un espacio de cuidado, pero necesita algo más que voluntad para sostenerlo.
Mientras tanto, en muchas casas, el bullying se minimiza. Aparecen frases que buscan resolver rápido lo que es complejo, “defendete”, “no es para tanto”. Pero del otro lado hay pibes que se van de la escuela, que cambian de curso, que se encierran, que cargan con algo que no encuentran dónde decir. Y los datos vuelven a aparecer, 7 de cada 10 adolescentes creen que sus familias deberían prestarle más atención a este tema.
Hace poco más de un mes, otra escena volvió a sacudir. Una chica de 14 años entra armada a su escuela en Mendoza. El hecho circula, se repite, se consume. Después aparece la historia, el abuso, el silencio, el tiempo que nadie vio o no supo cómo ver. Y entonces todo cambia de lugar. Ya no es solo el hecho, es lo que había antes.
En otros países, ese “antes” se trabaja. Finlandia, con el programa KiVa, decidió intervenir sobre el grupo, sobre los testigos, sobre la cultura del aula. España armó protocolos, equipos, redes de intervención. No hay magia, hay decisión, hay políticas sostenidas, hay comunidad involucrada.
Acá también hay herramientas, también hay saberes, también hay experiencias que funcionan. La diferencia aparece en las decisiones. Cuando las políticas de cuidado se debilitan, cuando los dispositivos se achican, cuando la violencia se relativiza o se convierte en espectáculo, algo se rompe antes de que pase lo que después conmociona.
Y entonces, otra vez, llega el asombro.
Pero el asombro siempre llega después.
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